Guía digital para padres 4.0

A connected life, pero el papel de los padres no cambia

Connected. Estamos siempre conectados porque Internet nos ha simplificado la vida. Conectados para pedir una pizza, mirar el correo electrónico, realizar una transferencia, ver nuestros perfiles en las redes sociales, el tiempo que hace, leer noticias y compartirlas, responder a un mensaje de WhatsApp… La lista es infinita porque nuestra vida está allí, con la de nuestros hijos. Y si nosotros, como padres, estamos conectados, ellos están hiper conectados. Nacen y crecen en un ambiente digital, hacen los deberes del colegio aprovechando las potencialidades de las búsquedas en la red, con una mesa para ordenadores, una tableta y el smartphone. Viven cada instante con la curiosidad por conocer lo que los rodea. Y su curiosidad nos asusta, como asustaba a nuestros padres el mundo que estaba cambiando hace algunas décadas. Pero lo que no ha cambiado es el papel del progenitor: seguimos cogiéndolos de la mano, hablamos y aprendemos con ellos, compartimos experiencias que son y serán cada vez más digitales y conectadas.

 

Control Parental

¿Bloquear o explicar los peligros? Mejor lo segundo

Control Parental: dos palabras que a menudo se traducen con otras dos, filtro familia, para referirse a los instrumentos que permiten el bloqueo de los contenidos online potencialmente peligrosos para nuestros hijos. Es cierto, existen herramientas muy útiles para acabar con el problema de raíz. Traducido: no quiero que mi hijo navegue por un sitio específico y si bloqueo el acceso ya no hay problemas.

Pero, ¿estamos seguros de que esta es la mejor manera? Nuestros hijos, en la mayor parte de los casos ya son nativos digitales, sabiendo probablemente mejor que nosotros cómo superar el obstáculo. Este es la cuestión: tras esas dos palabras, Control Parental, hay un control que no puede prescindir de conocer lo que es seguro y lo que no lo es. Esto es como decir que se debe conocer cómo funciona, por ejemplo, una red social para explicarles a nuestros hijos qué contenidos pueden encontrar, cómo comportarse ante una publicación, qué información compartir. Démosles la vuelta a estas reglas, situándonos en la parte del progenitor: ¿estamos seguros de comportarnos correctamente en la red? Si queremos ser buenos educadores, no podemos dejar de aprender, conocer, tener una visión autocrítica. Porque la primera regla siempre es la misma: dar buen ejemplo.

Vivimos los mismos espacios, pero la experiencia es diferente
Muy a menudo utilizamos los mismos espacios en la red, pero con una experiencia completamente diferente. Es una toma de conciencia para comprender la respuesta de nuestros hijos frente a los estímulos que llegan de la red. Precisamente porque nuestra personalidad como padres ya se ha organizado y formado. Las redes sociales que utilizamos y utilizaremos todos cada vez más son un ejemplo de ello. La aceptación y la aprobación en Facebook o en Instagram, las dos redes sociales por las que se intercambia la mayor parte de la información visual, representan para los hijos el centro de su vida social, con un impacto que los guiará también en su vida offline. Para un padre el efecto es distinto: tener a alguien que, por ejemplo, se ríe de nosotros corresponde a menudo, y simplemente, a la eliminación de una amistad en una red social, la percepción de que nuestra reputación se quebranta con efectos devastadores es muy distinta a la que desarrolla un adolescente.

La madurez digital es un recorrido que va de 0 a 18 años

«Por ahora es temprano, es demasiado pequeño, nos ocuparemos cuando sea más grande». Esta es la opinión más generalizada entre los padres, que retrasa a una edad adolescente la formación sobre la experiencia en la red y el uso de dispositivos. Y, tal y como sucedía (y sucede) con la televisión, tras los primeros años (meses) desde su nacimiento, encontramos hoy en las manos de nuestros niños ordenadores portátiles, smartphones y tabletas sin prestar demasiada atención a ellos.

La relación con la tecnología entre los menores contempla medidas distintas en función de cada grupo de edad, entre 0 y 18 años, cada uno con reglas básicas y expectativas que los padres tiene la posibilidad de gestionar y vigilar.

Niños. 0-4 años

  • Enseñar las bases del empleo del dispositivo bajo la supervisión de un adulto. El niño tiene que notar la presencia del progenitor, del mismo modo que, por ejemplo, monta por primera vez en una bicicleta.
  • El acceso a Internet tiene que ser limitado, permitiendo que el niño desarrolle otras actividades fuera de la red: jugar con los amigos, en espacios al aire libre o, en todo caso, sin que un dispositivo se convierta en su niñera.
  • Juegos y aplicaciones tienen que elegirse de forma apropiada por parte del progenitor, configuradas de forma que no creen adicción.

 

Preadolescentes. 5-10 años

  • El empleo de ordenadores y otros dispositivos tiene que producirse en un ambiente común. Durante la fase de crecimiento es fundamental que se entienda que no hay que esconder nada y que un adulto está siempre a su disposición.
  • Se puede permitir que comiencen a desarrollar los primeros conocimientos de comunicación online como, por ejemplo, la redacción y envío de un correo electrónico, pero recordando que la mayor parte de las cuentas pueden crearse a partir de los 13 años.
  • En esta edad, en la que el hijo ya siente curiosidad y tiene la capacidad de navegar, es posible impartir las primeras lecciones: navegadores y motores de búsqueda específicos con temas interesantes y formativos.

 

Adolescentes. 11-14 años

  • Qué es una red social: ven que la usan los padres y los niños hablan de ellas en el colegio. La edad mínima necesaria sigue siendo 13 años: permitirle abrir una cuenta tiene que prever en todo caso el empleo de contraseñas compartidas.
  • El padre tiene que configurar constantemente los perfiles de privacidad del chico, conociendo a las personas con la que es capaz de comunicarse.
  • Vigilar siempre el tipo de contenido que comparte, pero también el contenido que nosotros (como padres) compartimos. Establecer reglas cuando somos los primeros que no las respetamos, es una pésima lección.
  • Esta es una fase de importantes cambios: el progenitor tiene que interesarse por las actividades sociales del hijo, dejándole que crezca a su lado. ¿Una foto de las vacaciones? ¿Un vídeo de la fiesta de cumpleaños? Qué contenido, cómo y con qué frecuencia son actividades en las que el adulto tiene responsabilidad como educador.

 

Jóvenes. 15-18 años

  • Son los años en los que los chicos buscan su independencia, pero todavía somos nosotros los que tenemos que hacerles entender cuánto y cómo la personalidad se forma según lo que encontramos en la red.
  • Es fundamental informar y concienciar de los riesgos que se derivan de una navegación inapropiada. Diálogo y acompañamiento como primera premisa. Los padres deben estar constantemente actualizados sobre la evolución de los contenidos que se difunden en la red.
  • El empleo de las redes sociales está, en este momento, en el punto más alto de la curva, en el mismo momento en el que se acercan a la edad adulta. Es todavía más importante que entiendan cuánto inciden las actividades sociales en la reputación digital.

 

Cuáles son los riesgos

La mejor arma: conocer, informar y ser padres informados

Los peligros de la red están siempre a la vuelta de la esquina. Pornografía, bullying, hacking, imágenes violentas, malintencionados… Tenemos que saber que nuestros hijos no tienen la misma capacidad para reconocerlos, por lo que (lo volvemos a subrayar) una relación abierta, hecha de conversación y diálogo constante sigue siendo la mejor arma, incluso antes de emplear rígidas restricciones aplicadas con instrumentos de control parental. Hay unas reglas básicas que debemos compartir con ellos para alejarlos de los peligros trazables en la Red.

 

Contraseña

Si a los más pequeños somos nosotros los que les crearemos y compartiremos cuentas dedicadas y constantemente supervisadas, a los jóvenes que se acercan a la madurez les enseñaremos a usar correctamente contraseñas para acceder a servicios online.

Tienen que tener por lo menos 8 caracteres alfanuméricos y caracteres especiales como @#$%^&.

La alternación de mayúsculas y minúsculas.

Evitar palabras comunes o relativas a información personal (fecha de nacimiento, nombre propio o de familiares).

Crear una contraseña distinta para cada servicio de forma que, si se consigue descifrar una, no será posible hackear el acceso a todas las demás cuentas.

 

Todo lo que publicamos o compartimos en la red, se queda en la red

Contenidos inapropiados no solo pueden ser dañinos para la reputación personal, sino que también están potencialmente sometidos al ataque por parte de quien quiere reírse de nuestros hijos o compartir con terceras personas dichas imágenes o vídeos con consecuencias muy graves. Esto vale sobre todo para el intercambio de imágenes de desnudos (Sexting en servicios de mensajería como WhatsApp y Snapchat), cada vez más difundido entre los jóvenes que empiezan a desarrollar su sexualidad. Una práctica que se debe evitar siempre, incluso con personas con las que tenemos una gran confianza: el intercambio podría transformarse en algo viral, poniendo en gran dificultad el perfil psicológico de nuestros hijos.

 

Nunca facilitar información personal

Hábitos cotidianos, dirección de casa, el colegio al que se va, números de tarjetas de crédito de los padres, contraseñas… El exceso de confianza, en algunos casos provocado por personas desconocidas y malintencionadas, puede comprometer la seguridad de los hijos y de la familia.

 

Prestar atención a las prohibiciones

La mayor parte de los servicios en la red necesita una edad mínima de 13 años (en algunos casos incluso mayor): esta es una prohibición que vale de forma particular para los padres, muy a menudo propensos a consentir que se abran cuentas sin su exclusiva supervisión. Dicho comportamiento no solo infringe la política del servicio, sino que da a entender equivocadamente a nuestros hijos que las reglas existen, pero se pueden incumplir.

Es la misma consideración que podemos mostrar hacia aplicaciones de juegos en la red o juegos que se pueden adquirir en las tiendas. ¿Cuántos padres llevarían a sus hijos al cine para ver una película prohibida a los menores de 18 años? Pocos, o quizá ninguno. Pero esta atención pierde valor cuando nos encontramos ante adquisiciones lúdicas que, por ley, cuentan con la clasificación PEGI (Pan European Game Information), una indicación segura sobre la idoneidad del contenido del juego en términos de protección de los menores: 3, 7, 12, 16 y 18 son los números que indican la edad permitida.

Utilizar los filtros a disposición por los gestores de los servicios

Para un padre es fundamental conocer las potencialidades de un servicio (Facebook, por ejemplo, la red social más frecuentada), incluida las posibilidad de configuración de los distintos filtros de visibilidad, como la creación de listas (familia, amigos, conocidos, compañeros) para poder elegir a quién dirigir el contenido.

 

Limitar el tiempo de empleo de dispositivos conectados a Internet

La comunidad internacional está dividida en cuanto a los tiempos máximos de consumo de un contenido online, pero subraya el desarrollo de una experiencia más sensorial y no limitada solamente a la vista y al oído, que aplicamos con los actuales dispositivos tecnológicos. Si para los más pequeños, de 0 a 6 años, es preferible un empleo muy limitado de forma que los smartphones y las tabletas no se transformen en baby sitters, para los mayores se busca un empleo orientado a la didáctica que dispone de multitud de fuentes online, desde el punto de vista del entretenimiento. Pero siempre manteniéndose dentro unos límites que no afecten negativamente a un desarrollo fundado a partir de la conversación familiar, el deporte, las reuniones con los amigos y todo tipo de actividades fuera de la red, que forman parte de la jornada extra escolar.

 

E-learning: la red como recurso para aprender

Un buen punto de partida para los padres es aprovechar la red como un espacio en el que aprender y hacer que crezcan las habilidades digitales de los hijos. En la red existen distintas plataformas tanto para jóvenes como para adultos, su punto de fuerza no es solamente el formativo, sino también el de comunicarles a los más pequeños que Internet es un recurso para ampliar los propios conocimientos, divirtiéndose al lado de los padres. Y cuando la diversión se transforma en una auténtica fuente de información, el aprendizaje se transforma en comparación, el mejor medio para enfrentarse con transparencia a argumentos que a menudo dividen a las dos generaciones.

 

Scratch – la codificación es un juego de niños

Es un ambiente de programación por bloques y de robótica sencilla e intuitiva, que aprovecha las imágenes para acercar a los más pequeños a la programación sin conocer lenguajes informáticos complicados. Así, los más pequeños pueden crear historias, animaciones y juegos, componer secuencias musicales o programar robots sin tener que escribir filas de códigos.

Es completamente gratuito (pensado para quien tiene una edad entre los 8 y los 16 años) y produce inmediatamente resultados que animan a seguir con tareas y objetivos de crecimiento en línea con las habilidades de los chicos.

Hay un aspecto interesante durante la fase de registro. Ya que el progenitor deberá apoyar sin sustituir al hijo, explicándole en un ambiente lúdico cómo se crea un nombre de usuario y una contraseña y cómo validar la inscripción accediendo al buzón de correo electrónico.

scratch.mit.edu

 

Khan Academy – las lecciones de recuperación online las hace el progenitor

Es una plataforma que ofrece contenidos y lecciones on demand para estudiantes desde preescolar hasta el instituto. Se ha pensado sobre todo para la interacción padres-hijos porque el sistema permite crear una cuenta integrada, de forma que el adulto pueda seguir los progresos del hijo después de haber leído los consejos para obtener los resultados preestablecidos. Se parte de una rápida auto evaluación de las competencias, que orientará al estudiante hacia los ejercicios más idóneos para mejorar sus puntos débiles.

No faltan los argumentos: miles de vídeos (la duración media va de 10 a 15 minutos) y ejercicios interactivos, sobre temas que van desde las tablas de multiplicar a las ecuaciones lineales, desde las células estaminales a la historia del fascismo. El objetivo está claro, Khan Academy no quiere sustituir al colegio al que se va cada día, sino ser un complemento de lo que ya se estudia en el aula. Con un añadido: aquí el profesor de recuperación es el padre, que tiene el deber de introducir al hijo en el aprendizaje online en un ambiente seguro.

 

TIME for Kids – el periodismo (en inglés) para niños

La conocida revista de noticias tiene su plataforma de información dedicada en particular a los niños de entre 11 y 14 años. Periodistas especializados en editorial para niños escriben los artículos y cuenta con un doble valor al conocer qué está pasando en el mundo pero con lectura de noticias en inglés. Una sección de la página ofrece también los deberes que tienen que hacer cuando no están conectados mediante tests y consejos para escribir breves ensayos sobre temas de actualidad. Es un óptimo recurso para que los jóvenes puedan desarrollar una conciencia sobre el mundo que los rodea de forma directa, imparcial, sencilla y con una gráfica que aligera el tono de las noticias menos amenas.

 

***

La intención de este manual ha sido clara desde el inicio: existen instrumentos potentes capaces de filtrar contenidos potencialmente dañinos para nuestros hijos, pero la presencia cercana y el diálogo constante tiene que prevalecer sobre cualquier bloqueo instrumental. Hasta llegar a un acuerdo, un pacto de confianza entre el menor y el adulto hecho con sencillas reglas compartidas para dar comprensión a lo aprendido.

 

FAMILY MEDIA CONTRACT

Las 10 reglas de buena conducta online

  1. He comprendido los peligros en los que puedo caer durante la navegación online y no compartiré información personal (número de teléfono, dirección, fecha de nacimiento, contraseña, códigos de tarjetas de crédito, etc.) con personas de las que no me fío plenamente.
  2. Sé bien que cualquier contenido que publico en la red estará a la vista de todos: por este motivo he entendido que imágenes, vídeos o comentarios pueden poner en peligro mi reputación y la de otros de forma permanente.
  3. Seré responsable a la hora de tomar mis decisiones, consciente de que afectan, en primer lugar, a mi seguridad en la red, pero también a la de otras personas.
  4. Antes de inscribirme a nuevos servicios o realizar compras online, le pediré permiso a mis padres.
  5. Nunca utilizaré internet para herir, ofender o ridiculizar a otras personas.
  6. Sé que no debo buscar intencionalmente en la red contenidos no idóneos o inapropiados, sobre todo cuando no se me permite acceder a dicho contenido porque mi edad no me lo permite.
  7. Sé bien que, en el caso en el que me contacten personas desconocidas y con las que no tengo ningún tipo de confianza, tengo que advertir a mis padres.
  8. Mantendré siempre un diálogo abierto con mis padres y compartiré con ellos el modo en el que uso la tecnología y mi experiencia en la red.
  9. Soy consciente de que el tiempo transcurrido online es útil para mi crecimiento tanto cuanto el transcurrido en otras actividades fuera de la red.
  10. He entendido que estas son reglas fundamentales que tengo que seguir si quiero seguir usando Internet y los dispositivos conectados a la Red.

 

(Este es el espacio para las firmas, como se muestra en la pantalla adjunta en la primera estructura del libro. Se debe valorar si introducirlas y hacer que se conviertan en una especie de «contrato» u omitirlas)

 

 

Una vez conquistada, también se debe monitorizar la confianza

Los aprendizajes, una vez impartidos, tienen que seguir creciendo. No de forma repetitiva, capaz de accionar en la mente de nuestros hijos la idea de estar controlados desde arriba con tonos excesivamente severos. Más bien, mediante la creación de una atmósfera positiva sobre el empleo de Internet y de los dispositivos. ¿Un título de una película de la que no nos acordamos? Pidámosles que lo busquen por nosotros. ¿No estamos seguros de qué ingrediente introducir en una receta? Que lo busquen ellos. Son solo ejemplos de cómo activar un mecanismo de confianza, dándoles la posibilidad de compartir también sus hábitos cotidianos en la red de forma muy parecida a una conversación que se produce sobre cualquier otro tema.

Pero, como progenitores, tenemos el deber de vigilar el pacto que hemos establecido con nuestros hijos, adolescentes y jóvenes. Y lo podemos hacer con un control cotidiano, semanal, mensual y anual.

 

Family checklist

Un control de más nunca hace daño

 

Cada día

  • Hacer un ejemplo (de forma no necesariamente didáctica) sobre cómo se utiliza Internet.
  • Crear una atmósfera distendida sobre los hábitos en la red, como ver una película en Netflix o escuchar una canción desde iTunes o Google Music.

 

Semanal

  • Controlar la cronología de navegación.
  • Vigilar cuánto tiempo pasa en la red.

 

Mes

  • Dedicarse a la parte del diálogo abierto, cotejándose con preguntas y respuestas sobre las dudas de navegación encontradas en la red.
  • Preguntar qué tipo de contenido han buscado en la red y para qué finalidades.

 

Año

  • Apuntar en la agenda una reunión para debatir abiertamente sobre el tema de la seguridad online, valorando cuáles son las decisiones que se deben tomar respecto a eventuales riesgos que se presenten.
  • Revaluar junto a los hijos las 10 reglas de buena conducta en la red.

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